sábado, 23 de febrero de 2019

Contracorriente
















Prefiero la inquietud de lo distinto,
al gris conservador de la rutina,
no afilio a formalismo ni doctrina,
me niego a los patrones por instinto.

Pretendo un albedrío sin precinto,
rehuir a ese rebaño que aglutina,
solo es mi corazón quien determina
que puerta atravesar del laberinto.

Me dicen que he perdido la cordura,
que inútil es nadar contracorriente,
No saben que en mi late la aventura.

Se lleva mis jirones el torrente,
mas puedo continuar con mi locura,
vivir siendo yo mismo, ¡intensamente!

jueves, 14 de febrero de 2019

El lavarropas encantado





 

En el barrio de la Unión, cerca de Villa Española, vive Manuel con su esposa. Sus hijos que están casados, ya han partido del hogar, conformado sus familias y les han dado tres hermosos nietos. En ese tiempo, Mateo y Ezequiel vivían bastante cerca y visitaban a sus abuelos casi todos los domingos, quienes siempre los esperaban para almorzar.

En la casa de Manuel, había una habitación pequeña a la que le habían puesto por nombre "el lavadero". En ella estaba instalado un vetusto lavarropas, una secadora, muchos estantes con libros, unas cañas de pescar y variadas herramientas. A los niños les encantaba el lugar y pasaban largos ratos allí jugando a las cartas.

 Un día Manuel, como de costumbre, leía su periódico y oyó una animada charla. Mateo, el más pequeño, le comentaba a Ezequiel, que le gustaría mucho tener una mascota. El abuelo sorprendido, abandonó la lectura y entró en la conversación.

 -También tuve una mascota-, dijo el abuelo.

- ¿De veras?-, le preguntaron, ¡cuéntanos!

        Manuel empezó el relato.

- Es verdad, tuve un gatito, al que quise muchísimo, él era negro y peludo, lo llamábamos Lucero, por sus dos enormes ojos, que brillaban como brasas encendidas por las noches. Nos acompañó mucho tiempo, prosiguió, durante catorce años y se murió de viejito.

- Por aquí tengo una foto-, siguió diciendo el abuelo y se empecinó en hallarla, pero por más que buscó en todos lados, fue imposible de encontrar.

Manuel se entristeció mucho porque era el único recuerdo de su querida mascota.

Los niños continuaron alegremente con sus juegos y Manuel con sus tareas habituales.

 En un momento sintió que lo llamaban ¡abuelo!, ¡abuelo! sus nietos se le acercaron, corriendo y muy agitados.

 -El lavarropas nos mira-, le dijeron asustados.

-Pero, ¿que están diciendo?- Es lo más disparatado que escuché en toda mi vida, respondió,- ahora vengan a abrigarse que ya los vienen a buscar-.

Los niños obedecieron y tras el fuerte abrazo con los queridos abuelos, finalmente regresaron a sus casas.

Precisamente esa noche, Manuel veía las noticias cuando de pronto se fue la luz.

-Un apagón, ¡qué fastidio!, otra vez gente de Ute está trabajando en la zona!-

Lentamente y con cuidado, a fin de no tropezar, caminó hasta el "lavadero" en búsqueda de una vela. En ese preciso instante se quedó paralizado, unos ojazos brillantes lo observaban desde el viejo lavarropas. Manuel no daba crédito a lo que estaba viviendo, se restregó los ojos y al abrirlos, la luz había regresado y todo estaba normal.

Decidido a resolver tanto misterio, se aproximó al lavarropas, lo apartó de la pared y junto a unas telarañas encontró una cartulina amarillenta, doblada y llena de polvo. La levantó con cuidado y al darla vuelta, descubrió muy sorprendido que era la fotografía de Lucero que tanto había reclamado. La limpió esmeradamente y con los ojos ya húmedos por la emoción, agradeció mentalmente a su querida mascota, que desde otra dimensión, había querido ayudarle a recobrar su alegría.

 A la semana siguiente, se la enseñó a sus nietos, que ya habían olvidado lo ocurrido.


Zaragoza








En mis pupilas baila el manso Ebro,
la Iglesia del Pilar, su bella plaza
que edades milenarias entrelaza
y haberlas vivenciado yo celebro.
Un trocito quedó del corazón
en Alagón,
Pedrola, Utebo,
decir me atrevo,
llevo prendido,
y no lo olvido,
tras mis huellas grabar en La Joyosa,
el sueño de volver a Zaragoza.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Jardín de rosas




  Pretenden estos versos ser un canto,                   
 que estrangule al maltrato en cada casa, 
 sofoque todo abuso bajo el cielo,      
 dé luz al lado oscuro de la luna,                    
 al menosprecio clave en una cruz
  y aparte las espinas de las rosas.

 Allá, detrás de aquel jardín de rosas,                                  
 un secreto sellado a cal y canto.     
 Él maltrata, perdona ella la cruz
 por dos críos que corren por la casa               
 y otro que llegará en novena luna,
 con nuevas ilusiones desde el  cielo.                                                                                   

 Baila el temor en su mirar de  cielo,                                                 ella no quiere dádivas de rosas,
 ni pide para sí, bajar la  luna,                                                           solo poder exorcizar el canto                    
 triste del cisne que ganó la casa
 y mitigar su abrumadora cruz.

 En su frente hace el signo de la cruz,
 que nadie se dé cuenta, pide al cielo,
 y evita los espejos de la casa,                               
 negro presagio son sus marcas rosas.
 Porque tropieza con el mismo canto,            
 trepa la muerte por su piel de luna.          

 De la infamia testigo fue la luna ,                                                     collar de manos, prescribió la cruz...
 Con grito mudo convertido en canto               
 y ungida de tristeza subió al cielo.  
 Manos pequeñas al cortar las rosas               
liberaron su alquimia por la casa.                              
                                    
 Ya nada queda en la desierta casa
 la que fuera la envidia de la luna,
 ya no hay risas de niños, ya no hay rosas,
 fue al aire la moneda y cayó cruz,                      
 de luto riguroso viste el cielo 
  y el viento anida en el pinar su canto.

 Silente canto cautivó la casa,
 el cielo llora lágrimas de luna,                              
 junto a una cruz y un corazón de rosas...

Consumismo


Me asombra y  enerva
ver tan brutal consumismo,
la búsqueda desesperada de estatus
y el seguir como ovejas
las sugerencias de la última publicidad.
Muchos caen rendidos
ante el empuje y fuerza del sistema capitalista,
ante las avanzadas técnicas de márketing
y sucumben en satisfacer
las falsas necesidades creadas por ellas.
Podría seguir escribiendo
sobre esta cruel adicción
y las consecuencias nefastas para el individuo,
pero debo contestar un llamado,
está sonando
mi nuevo iPhone8...

Quimioterapia

En el postrer recodo de mi vida,
un término tabú me puso a prueba,
entre biopsias y análisis de sangre
quedó hibernando  acurrucado el miedo
como ladrón que gusta de la sombra
y rezuma el perfume de la muerte.

 

Ya este mal no es sinónimo de muerte,
por la extraña cicuta que da vida,
aunque arrebate todo, hasta la sombra,                                         
en tanto el alma desolada  prueba    
la mordedura del mastín del miedo,              
con su rabia fluyendo por la sangre.

Un tsunami de drogas en mi sangre,
ven mis cabellos adorar la muerte,
en un ritual de náuseas y de miedo
de sentir escapándose la vida.                                                     
Como el nogal, este veneno   prueba,
nada deja  crecer bajo su sombra.

La humana dualidad de luz y sombra,
repicando en el eco de mi sangre
reveló  una enseñanza en dura prueba,
palpar la cercanía de la muerte,
volcó el significado de mi vida,
se puede ser valiente y sentir miedo.

Que el futuro tortura con el miedo,
el pasado encadena con su sombra
y el presente es sinónimo de vida,
fue arrullo del  llamado de la sangre   
y de esa grey más fuerte que la muerte,
dulce amistad que en el revés se prueba.

La empatía y abrazos son la prueba
más fiel de que el amor ahuyenta el miedo.
Ya no le temo a la forzosa muerte, 
aunque me siga su alargada sombra.
Aprendí  una lección con tinta sangre,
 en el aquí y ahora está la vida.

La hiel que ofrece vida a quien la prueba
ha expulsado otra sombra de mi sangre,
el miedo que sentía por la muerte.

A mi madre


         


Tan sólo conseguí en su piel dormida,
colgar un mustio beso peregrino;
su adiós inexorable y repentino            
abrió, dentro de mí, profunda herida.

Llegó la infausta hora establecida,
su nombre fue engarzado en el destino,
renuncio a sentimiento tan mezquino,
rehuir su resolana merecida.

Fecundo manantial de amor genuino,
arrullo, fortaleza sin medida,
presagio de horizonte cristalino.

Anhelo, con mi pluma enmudecida,
labrar en invisible pergamino,
un ¡gracias, dulce madre, por la vida!

Estuario


                 



Nació como un torrente incontenible,
rugiendo  cuesta abajo de la vida,
la luna explosionaba, sumergida,
augurio de pasión inextinguible.

Más tarde se hizo piélago intangible,
abismo de ternura sin medida,
metáfora sagrada compartida,
corriente cantarina y apacible.

El ángelus arrulla nuestro enclave,
las aguas hoy reflejan el  ocaso
y mil errantes besos en deslave.

Incólume y sereno nuestro lazo
de amor, como un estuario  manso y suave,
presagia, del océano, el abrazo.