jueves, 14 de febrero de 2019
El lavarropas encantado
En el barrio de la Unión, cerca
de Villa Española, vive Manuel con su esposa. Sus hijos que están casados, ya
han partido del hogar, conformado sus familias y les han dado tres hermosos nietos.
En ese tiempo, Mateo y Ezequiel vivían bastante cerca y visitaban a sus abuelos
casi todos los domingos, quienes siempre los esperaban para almorzar.
En la casa de Manuel, había una
habitación pequeña a la que le habían puesto por nombre "el lavadero".
En ella estaba instalado un vetusto lavarropas, una secadora, muchos estantes
con libros, unas cañas de pescar y variadas herramientas. A los niños les encantaba
el lugar y pasaban largos ratos allí jugando a las cartas.
Un día Manuel, como de costumbre, leía su
periódico y oyó una animada charla. Mateo, el más pequeño, le comentaba a
Ezequiel, que le gustaría mucho tener una mascota. El abuelo sorprendido,
abandonó la lectura y entró en la conversación.
-También tuve una mascota-, dijo el abuelo.
- ¿De veras?-, le preguntaron,
¡cuéntanos!
Manuel empezó el relato.
- Es verdad, tuve un gatito, al
que quise muchísimo, él era negro y peludo, lo llamábamos Lucero, por sus dos enormes
ojos, que brillaban como brasas encendidas por las noches. Nos acompañó mucho
tiempo, prosiguió, durante catorce años y se murió de viejito.
- Por aquí tengo una foto-,
siguió diciendo el abuelo y se empecinó en hallarla, pero por más que buscó en
todos lados, fue imposible de encontrar.
Manuel se entristeció mucho
porque era el único recuerdo de su querida mascota.
Los niños continuaron alegremente
con sus juegos y Manuel con sus tareas habituales.
En un momento sintió que lo llamaban ¡abuelo!,
¡abuelo! sus nietos se le acercaron, corriendo y muy agitados.
-El lavarropas nos mira-, le dijeron asustados.
-Pero, ¿que están diciendo?- Es
lo más disparatado que escuché en toda mi vida, respondió,- ahora vengan a
abrigarse que ya los vienen a buscar-.
Los niños obedecieron y tras el
fuerte abrazo con los queridos abuelos, finalmente regresaron a sus casas.
Precisamente esa noche, Manuel
veía las noticias cuando de pronto se fue la luz.
-Un apagón, ¡qué fastidio!, otra
vez gente de Ute está trabajando en la zona!-
Lentamente y con cuidado, a fin
de no tropezar, caminó hasta el "lavadero" en búsqueda de una vela. En
ese preciso instante se quedó paralizado, unos ojazos brillantes lo observaban
desde el viejo lavarropas. Manuel no daba crédito a lo que estaba viviendo, se
restregó los ojos y al abrirlos, la luz había regresado y todo estaba normal.
Decidido a resolver tanto
misterio, se aproximó al lavarropas, lo apartó de la pared y junto a unas telarañas
encontró una cartulina amarillenta, doblada y llena de polvo. La levantó con
cuidado y al darla vuelta, descubrió muy sorprendido que era la fotografía de
Lucero que tanto había reclamado. La limpió esmeradamente y con los ojos ya húmedos
por la emoción, agradeció mentalmente a su querida mascota, que desde otra
dimensión, había querido ayudarle a recobrar su alegría.
A la semana siguiente, se la enseñó a sus
nietos, que ya habían olvidado lo ocurrido.
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